Adiós Noé, un gusto conocerte

De izquierda a derecha: Jimena, Max, Noé y Ale. Fiesta en el Bar La Perla, Ciudad de México, 14/2/2020.

Suena el teléfono, Ale contesta con su dispositivo manos libres, sentada en el sillón. Veo sus ojos inundarse al tiempo que dice: “¡No manches Mariana!”. Avisaban la muerte de Noé un gran amigo, colega y hermano de la universidad. Tan solo 7 días antes, recibía la noticia por parte del mismo Noé, de que su padre había fallecido. Con dos pérdidas encima, Mariana y su mamá no han podido reconfortar el duelo, al padre lo enterraron tres en soledad, a Noé lo harán solo ellas dos.

A pesar de lo profundamente triste de recibir esa noticia, Ale deja salir su llanto de dolor y cariño mientras, entre sollozos y risas de nostalgia, revive algunos de sus grandes recuerdos. Tan sólo ayer hablábamos sobre el duelo en el COVID-19, pensábamos lo duro que era para esta familia afrontar la muerte del padre sin poder despedir su cuerpo o abrazar a sus seres queridos para sentir el pésame. Hoy, con la noticia de Noé, Ale y su grupo de amigos de la Facultad, se han organizado para reunirse en una sesión de Zoom y homenajear la vida de Noé y su padre. Es una invitación abierta a todas y todos quienes conocieron a Noé o su papá. La actividad consiste en hablar de recuerdos y anécdotas que vivieron con él y que los hace guardar su recuerdo en sus corazones. Mariana y su madre escuchan y reciben este cariño presentado en un formato inusual: escuchando sollozos, viendo ojos llorosos, pero sin rastro alguno de lagrimas en sus hombros o espaldas.

Los ojos de Ale son lagos en los que las lágrimas no se derraman ni se evaporan, pero al mismo tiempo, ese gesto cariñoso de fortaleza, de dar una lucha para “hacer el paro” en un momento donde la tristeza suele nublar la capacidad de actuar frente a la inmediatez. Ese acto de respirar profundo para llamar por teléfono y repetir una y otra vez a todos sus amigos y conocidos sobre el fallecimiento de Noé, la acción de hablar sobre la necesidad de organizar una actividad luctuosa, todo esto le da fuerza para afrontar la partida y solidarizarse con las dos mujeres que ahora cargan encima los efectos concretos de una Pandemia. Ale no deja de preocuparse también por el hecho de que esa situación es a la que se arriesga cada persona que sale de su casa, incluyéndonos; nos preocupamos porque no queremos que sean nuestros seres queridos más cercanos quienes partan, ya estas perdidas son bastante dolorosas como para añadir más.

La distancia física me remite de inmediato a pensar cómo afrontaría la muerte de algún familiar, amigo o conocido en Costa Rica, de mis mis seres queridos, de las y los colegas, amigos y hermanos que están afrontado la situación en Centroamérica, pienso también en cómo piensan ellas mi situación en México.

Me parece formidable que, a pesar de la distancia física, existe la disposición y la voluntad de homenajear a quienes parte. Enfrentar, acuerpar y acompañar en este escenario, nos enseña que el luto, el duelo y la despedida terrenal de los seres queridos no tiene barrera: cuando se aprecia y se quiere a alguien y esa persona parte, es indispensable abrazarse, darse cariño, compartirse los sentires; este pequeño acto virtual logra el mismo objetivo de un abrazo al corazón: demostrar y transmitir la compañía y la solidaridad que son un sostén fundamental para que quienes se quedan sufriendo la pérdida.

Más allá de pensar en las probabilidades de que enfrentemos una situación así con algún ser querido cercano, el sustrato de las lágrimas que hoy se derraman por la pérdida de Noé y su papá transmiten la necesidad de continuar resistiendo, de reforzar la atención y de pensar y actuar de la forma más adecuada para no exponerse a contraer el virus. Quizás, lo más importante es un mensaje sencillo, obvio y concreto, pero al mismo tiempo fundamental para recordar: hay que continuar estrechos, unidos, compartiendo el cariño a quienes queremos y abrazando desde la distancia a quienes sufren con más intensidad las secuelas de estos tiempos rudos que vivimos.

(In)tensión

Jóvenes se besan con picardía. Tepoztlán, Morelos, México.

“Vivo todo con intensidad”, palabras similares salieron de sus labios mientras yo pensaba cómo interpretar una oración simple pero densa.

Hoy, ha corrido el agua, ha pasado el tiempo, han crecido las malas hierbas, y las hemos identificado. Ya las raíces están limpias, abonadas, nutridas y listas para dar fuerza al tronco que apenas se asoma, pero según parece, será fuere y erguido.

Ya no es otra voz, no es la mía, es la nuestra. He recordado la tercera persona, y valga decir, nos apropiamos de ella para hacerla nuestra. Ahora somos.

Los vuelos

Bote en muelle de Janitzio-Tzintzuntzan, Michoacán; 1/11/19. Autoría propia [Panasonic DMC-G2, 21mm, F8,1/320, iso 125]

Me pregunto: ¿ese vuelo a dónde irá?¿eso otro, de dónde viene?¿por qué viajan al mismo tiempo? Me asombras Ciudad de México, me haces escalofríos.

La más inmensa luna se asoma tímida entre las nubes. Ella si la vio en su esplendor, a ella le sonríe porque su reflejo se ve hermoso sobre sus grandes e iluminados ojos color ámbar. El precio de esa luna, es el viento frío que danza libremente entre la densa capa de contaminación que abraza los grandes edificios pupulantes.

A lo lejos la silueta de Iztaccíhuatl durmiendo con Popocatépelt de rodillas. Él humeante a pesar de la nieve que se asoma; ella, serena; ambos guerreros.

Las curiosas ventanas que parpadean constantemente, son miles de ojos en los edificios, los flaquitos y los gorditos, los nuevitos y los viejitos. Vivo en Nicaragua, a un lado de México, con El Salvador al frente; mi amiga se muda a Ecuador, muy cerca de Honduras; no sé dónde está Costa Rica.

El Desierto de los Leones conecta con Santa Fe; ya eso es otra cosa. Si supiera la ruta de esos aviones, me sentiría como si fuese en ellos.

Sonó la campana, la del hornito. El frío parece haber congelado el exterior y tan solo se escuchan coches, perros, relojes, claxons, motos, y otros ruidos menores.

Iluminación transversal

Cual rayo cayendo en la Ciudad de México, las historias centroamericanas de las guerrillas y los enjuiciamientos a genocidas iluminan, con esa macabra fuente de conocimiento sobre nuestras desgracias, a una porción ínfima de chilangas y chilangos. El dolor también enseña, atemoriza como el rayo, pues siempre genera un chance de destrucción, pero enseña, ilumina, hace recordar que en las más densas nubes se guarda tanta energía capaz de dar movimiento a fuerzas naturales de la tierra y motivar a las fuerzas humanas que impotentes lo admiran para aprender y no repetir.

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